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Participación y manipulación

Por Lupe Galiano, periodista de Asunción

Cada tanto, los jóvenes rompen la monotonía con manifestaciones para reclamar sus derechos, generalmente ninguneados por las autoridades: boleto estudiantil, útiles, alimentación escolar, buen trato por parte de profesores, etcétera, etcétera y largos etcéteras. En compensación a las tomas de instituciones educativas, marchas y carteles, reciben una respuesta: “Hay adultos que están manipulando quién sabe con qué intereses”.
Detrás de esta afirmación que, no por trillada deja de tener vigencia, hay varias lecturas escondidas:
El olvido: Los adultos que presumen la manipulación no recuerdan que cuando eran niños  tenían imaginación y sensibilidad para hacer amistad en los animales, las personas y la naturaleza. Tampoco tienen memoria de cuando eran jóvenes y querían cambiar el mundo; cuando explotaban de rabia con un padre autoritario o una profesora desagradable; cuando terminaban en llanto ante una situación confusa o embarazosa.
La negación: Directamente, los adultos desacreditan los derechos que tienen los niños, niñas y adolescentes a expresarse libremente (Constitución Nacional), a peticionar a las autoridades y a participar en instancias de decisión de temas que les atañen (Código de la Niñez y la Adolescencia). Así, desde todos los ámbitos se les obliga a obedecer, en lugar de aprender a ser en sociedad: En casa, se pivota entre el autoritarismo del “aquí mando yo” y con la premisa del “le quiero dar lo mejor” (lo mejor son cosas, no valores). En el colegio, se silencia: “menos charla y más trabajo”, “a ver las del fondo de qué se ríen si comparten para que todos nos podamos reír”, “cortate el pelo que parecés una nena” y en la sociedad se anula: “qué vas a saber mocoso”, “los cristalitos”, “todavía no dejó la mamadera y quiere opinar”.
La idea de propiedad privada: En una cultura de libre mercado, los hijos y las hijas pasan a formar parte del patrimonio de los padres que deciden por ellos, en lugar de con ellos.
Así, nos acostumbramos a callar y a obedecer. Pero, de golpe y sin aviso, los “basta ya” y los “nunca más” rompen la calma chicha para recordarnos que ese otro Paraguay está ahí empujando, empujando.

Foto: www.launion.com.py

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